A principios del siglo XX, el idioma inglés no era el rey de los negocios. El francés dominaba la diplomacia y el alemán era el idioma de gran parte de la ciencia.
Todo cambió por una combinación de factores. El enorme crecimiento económico de Estados Unidos, el auge de Hollywood, la expansión de empresas internacionales y, décadas después, Internet. Quien quería vender más, trabajar con mejores empresas o acceder antes a la innovación, acababa aprendiendo inglés.
Lo curioso es que el inglés no ganó porque fuera el idioma más fácil. Ganó porque detrás había un ecosistema enorme de oportunidades. Cuando el mercado se mueve en una dirección, las personas terminan adaptándose.
El aprendizaje para cualquier negocio es claro: no siempre vence el producto técnicamente superior. Muchas veces gana el que consigue crear el mayor ecosistema. Si logras que clientes, socios, creadores y empresas dependan de tu plataforma, tu ventaja deja de estar en las características y pasa a estar en la red que has construido. Ahí es donde aparecen los negocios que duran décadas.
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